Final de Perdidos: merecida despedida
Die alone

Qué lejos parecía el 23 de mayo de 2010 cuando la primavera pasada, el 13 de mayo concretamente, acababa la quinta temporada de Perdidos. La espera hasta el inicio de la sexta parecía eterna, pero febrero de 2010 llegó casi sin darnos cuenta, y ahora Perdidos ha dicho adiós. Es raro, o incluso hiriente, pensar que tras cinco veranos esperando nuevas de los losties, éste, tenemos que dejar de esperar.
Es difícil hablar del final de Perdidos, porque es complicado abarcar tanto contenido. Ya decía en el post pre-finale, que ya poco importaban los misterios (números, monstruos…) lo que verdaderamente quedaba por ver era qué le depararía a la isla cuando todos hubieran muerto. Pero también estaba equivocada, a medias al menos. No supimos ver “el limbo”. Esa realidad alternativa con la que comenzó la sexta temporada pensamos que era fruto de un futuro en el que los losties viajeros en los 70 habían destruido la estación El Cisne. Una realidad en la que habían sido capaces de llevar una vida un tanto mejor, aunque con el equipaje de siempre.
Pero no era así. Lo que creíamos que era un universo paralelo que intenta unirles con multitud de carambolas casuales, era en realidad el limbo al que todos llegaban tras morir. Para todos comenzaba en su viaje de Sidney a Los Ángeles en el 815 de Oceanic Airlines, porque para todos ellos su estancia en la isla, real, había sido el momento más importante de sus vidas, una oportunidad de ser quienes eran, de aprender, de encontrar a gente a la que amar y de la que cuidar. Y cada uno participó a su manera, con su propio destino, en la defensa de la isla y por ende, en la defensa de la humanidad. No habían balas sin nombres, ni sacrificios en vano. Todo era parte de un plan del que Jack y Desmond siempre fueron los actores principales.

Pero no vimos venir que era una especie de “limbo”. Que era un lugar en el que Kate se reclamaba inocente, en el que Hugo gana la lotería y era feliz, un lugar en el que James es bueno, en el que Sayid consigue proteger a Nadia, en el que Desmond es capaz de ganarse la aprobación de Widmore, y en el que el padre de Penny enmienda el odio anterior con paternalismo y compañerismo hacia Desmond. Que era un espacio atemporal en el que Jack se demuestra así mismo que puede no cometer los errores de su padre, un lugar en el que a Daniel le permiten tocar el piano o en el que Ben puede redimir sus pecados con Rousseau. Un lugar en el que los losties se refugiaban con presentes “idílicos” (a su manera), esperando para dar el paso juntos.
Y la espera pudo ser larga, porque los hubo que consiguieron abandonar la isla. Muchos murieron mucho antes, otros en el último tramo, siendo las últimas herramientas que el destino usó para guardar la luz de la isla, pero otros como Lapidus, Miles, Richard, Kate, Sawyer, Claire, Hugo, Ben y Desmond, pudieron tener un “después de la isla”. Pero al final, como a los demás, la isla (y sus vivencias en ella) fue lo más significativo de sus existencias.
Hay varias frases de la serie que ahora encajan mejor que nunca, pero sobre todo hay una que Penny le escribe a Desmond en la carta que éste lee “antes de morir” en la escotilla:
Todo lo que necesitamos para sobrevivir es alguien que nos quiera de verdad
Para ser felices en aquel limbo y poder dejarlo (“let it go”), la fuente más fuerte de poder fue el amor. Fueron los sentimientos que los losties tenían los unos por los otros los que fueron despertándoles, y preparándoles.

Cobra mayor significado también la mítica frase de Jack “vivir juntos, morir solos” (live togeter die alone), pues eso es lo que nos enseña la serie: cómo una serie de personas comparten un momento especial en la isla, para después morir cada uno en el momento que le corresponde, porque la muerte siempre es personal e intransferible. En este caso, tras el rito en soledad, vuelven a unirse, a completarse, para continuar otro tipo de existencia en el que si hay que vivir tiene que ser acompañado.
Como tercera y última recordaré una de Desmond a Jack, la primera vez que se conocen: “Nos vemos en la otra vida, hermano” (I see your in the other life, bro). Ahora sabemos que esa otra vida no es el futuro en común que comparten en la isla.
Fue una despedida especial, que dejó paso a los sentimientos, que fue de lleno a narrar lo poco que nos quedaba por saber de los personajes, que los situó en el centro de la historia e hizo que la isla girara por ellos, y no al revés. Pudo haber acabado de mil y una formas, pudo haber sido más importante el final de la destrucción del humo negro y la salvación de la luz, que la reunión de viejos compañeros, amigos.
Pudieron darnos respuestas, pero en una serie de interrogantes, de posibilidades, de teorías… no es lo que esperábamos. Y es que cada vez que nos han ofrecido una respuesta nos ha parecido forzada (los susurros, Adán y Eva) y nosotros estábamos en la serie para observar e investigar, para conocerles y emitir juicio.

Si algo me tiene que decepcionar del final es que nos hayamos ido sin conocer la historia de Charles Widmore, cómo ejecutó sus planes, cuánto de Jacob hubo en todos ellos (carguero y posterior submarino). Pero lo importante es que él no se encontraba en la reunión de la iglesia, que él no estaba preparado, que él seguía disfrutando de un hijo que en esta realidad conservaba su apellido. Sin embargo, compensado estuvo con el director de orquesta final: Christian Shepard. Él es quien consigue que Jack se dé cuenta de todo y por fin se reúna con la verdad, con sus amigos y con Kate, que le ha extrañado todo este tiempo (I’ve missed you).
Ciertamente el final de Perdidos, da para muchos miles de caracteres más: sobre cómo empieza y acaba la serie (el ojo de Jack abierto y cerrado), sobre el sacrificio de Jack, sobre la investidura de Hugo, las últimas palabras de Juliet o cómo se fragua la reunión de todos en el concierto (el magistral papel de Desmond). Pero emitiremos sentencia ya. Fue un final, por tanto, merecido. A la altura de la serie, o mejorándola, porque volvieron a sorprendernos. Un final que nos enseñó que no sólo estuvieron perdidos en la isla, sino también en ese limbo de paso donde el tiempo no existía, y que les sirvió para redimirse, expiarse, reunirse, y marcharse.


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